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PRENSA IBERO
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• La Dra. Cecilia Sandoval, de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero y la Licenciatura en Historia, advierte que la crisis trasciende la caída de ventas y alcanza la educación, la libertad de expresión y la circulación de ideas • La rentabilidad puede determinar qué obras se publican, mientras algunos grupos buscan retirar libros sobre género, racismo, sexualidad y derechos humanos, critica la experta • Para la docente, las bibliotecas son fundamentales para garantizar el acceso gratuito al conocimiento y preservar la memoria colectiva
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

La crisis editorial no se limita a México ni puede explicarse únicamente mediante la caída en las ventas de libros. También es una disputa internacional por las ideas que las sociedades pueden conocer, debatir y transmitir, advirtió la Dra. Cecilia Sandoval, académica de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana y profesora de la Licenciatura en Historia.
La reducción al mínimo de las operaciones de Ediciones Era
Para Sandoval, casos como éste deben analizarse como parte de una crisis más amplia del ecosistema que permite producir, distribuir y acceder a los libros. El libro, aseguró, no está desapareciendo: desde el surgimiento de la escritura ha cambiado de soporte y se ha adaptado a distintas tecnologías.
“No es lo mismo leer un libro en papel, leer un PDF en una pantalla o escuchar un audiolibro”, explicó. Cada soporte condiciona la manera en que las personas reciben, procesan y reproducen la información, pero ninguno representa por sí mismo el origen del problema: “La gran crisis es de todo el ecosistema social y económico que permite producir, distribuir y acceder a los libros. Ahí sí estamos frente a un problema muy serio”.
Una dimensión de esta crisis aparece cuando el valor comercial se convierte en el principal criterio para determinar qué obras llegan a las librerías. Las grandes editoriales, señaló la historiadora, pueden privilegiar libros de moda, historias fáciles de vender o fórmulas que ya demostraron su rentabilidad.
El problema no es la existencia de los bestsellers, sino que su desempeño económico desplace otros tipos de publicaciones. Si la selección se basa exclusivamente en las ventas esperadas, pueden quedar fuera obras académicas, literarias o intelectualmente exigentes que cuestionen al público y aporten nuevas interpretaciones de la realidad.
Así, un libro no necesita estar formalmente prohibido para quedar fuera de la conversación pública. También puede desaparecer gradualmente cuando no encuentra quién lo publique, distribuya o conserve disponible por considerarlo poco rentable.
El caso de Era resulta especialmente significativo por la curaduría que desarrolló durante décadas. Fundada en 1960 con la participación de figuras vinculadas al exilio republicano español, como Vicente Rojo y Neus y Tomás Espresate, la editorial construyó un catálogo reconocido por su calidad literaria, académica, intelectual y gráfica.
Su reducción de operaciones, consideró Sandoval, no representa solamente la fragilidad de una empresa, sino el debilitamiento de una manera de editar que privilegiaba la calidad y la construcción de un catálogo por encima de los resultados económicos inmediatos.
La académica señaló que el fenómeno posee otra dimensión internacional: el retiro y la prohibición de libros en escuelas y bibliotecas, especialmente de obras que abordan racismo, sexualidad, identidades LGBT+, perspectiva de género, salud reproductiva, historia y derechos humanos.
En Estados Unidos, por ejemplo, PEN America documentó 6 mil 870 casos de prohibición de libros durante el ciclo escolar 2024-2025, distribuidos en 23 estados y 87 distritos escolares. Las obras escritas por mujeres, personas de color y autoras y autores LGBT+ estuvieron entre las más afectadas.
Sandoval relacionó estas restricciones con el avance internacional de grupos conservadores y de extrema derecha que buscan limitar determinadas interpretaciones de la historia y la sociedad. Retirar una obra de una biblioteca o un programa educativo debilita uno de sus puntos de acceso, aunque todavía pueda conseguirse por otros medios.
“Si empezamos a retirar ciertos libros de los programas o de las bibliotecas a las que pueden acceder las personas, estamos eliminando un punto de acceso. Eso permite que se lea solamente lo que ciertos grupos desean que se conozca”, alertó.
Por ello, la crisis editorial también debe entenderse como una crisis educativa. Simplificar excesivamente los programas o privilegiar una formación únicamente técnica y práctica puede impedir que las y los estudiantes desarrollen herramientas científicas, históricas y humanísticas para discernir la información que reciben.
La historiadora descartó responsabilizar a TikTok, Instagram, los audiolibros o los formatos digitales. Estas plataformas pueden modificar las prácticas de lectura, pero también permiten crear comunidades, recomendar obras y acercar el conocimiento a nuevos públicos.
El aspecto determinante, aseguró, es el contenido y la capacidad de las personas para interpretarlo. Un texto puede generar conocimiento y cuestionamientos, o contribuir a repetir ideas sin reflexión, independientemente de que aparezca en un libro impreso, una pantalla o una red social.
La respuesta, por tanto, no consiste en enfrentar al libro físico con la tecnología, sino en formar lectoras y lectores capaces de discernir, contrastar fuentes y construir una postura propia.
Frente a la desigualdad económica, la concentración editorial y los intentos de censura, Sandoval destacó la necesidad de cuidar las bibliotecas, los archivos y los museos. Estos espacios no deben limitarse a acumular publicaciones: seleccionan, organizan, preservan y hacen circular el conocimiento.
Las bibliotecas universitarias, además de respaldar los programas académicos, conservan fondos históricos que permiten conocer cómo otras generaciones comprendieron y transmitieron el mundo. Gracias a ellas es posible reconstruir trayectorias, confrontar interpretaciones y producir nuevo conocimiento.
Aunque su contribución no genere ganancias económicas inmediatas, requieren personal especializado, recursos, actualización y políticas que garanticen el acceso público.
“Las bibliotecas deben ser prioridad en su cuidado para que tengamos una sociedad pensante, que piense críticamente”, concluyó la académica.
La crisis editorial mundial, desde esta perspectiva, no anuncia la desaparición del libro. Advierte sobre el debilitamiento de los mecanismos que permiten publicar voces diversas, conservar la memoria y garantizar que las sociedades tengan acceso a las ideas necesarias para comprender y cuestionar su realidad.
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