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PRENSA IBERO
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• Irene Mánica Quintero, egresada de Ingeniería Industrial y Project Manager en Danone, explica cómo coordina equipos y lleva nuevos productos del concepto al anaquel • Ante estudiantes, explica que la creación de un producto puede involucrar más de 15 áreas dentro de una empresa • Detalla que desarrollar una fórmula puede tomar entre seis y 12 meses; en el caso de un yogur con proteína, fueron necesarias más de nueve pruebas industriales
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Reportero de la IBERO

¿Qué se necesita para que una idea se convierta en un producto que millones de personas pueden encontrar en el supermercado? La respuesta va más allá de diseñar una fórmula, elegir un empaque o desarrollar una campaña publicitaria. Implica analizar si el proyecto es viable, calcular su rentabilidad, adaptar procesos industriales, garantizar la calidad y coordinar a los equipos que harán posible su llegada al mercado.

Ese es el trabajo que realiza Irene Mánica Quintero, egresada de Ingeniería Industrial de la Universidad Iberoamericana (IBERO)

En su participación en el Congreso Conexión Industrial 360, bajo el título “De la idea al cliente”, Irene mostró que detrás de los productos que forman parte de la vida diaria hay una compleja red de personas, procesos, inversiones y decisiones. Su trayectoria constituye un ejemplo de las posibilidades profesionales de una carrera que conecta conocimientos técnicos, objetivos de negocio y necesidades de los consumidores.

Mánica Quintero ingresó a Danone después de graduarse, en 2019, como trainee en el área de proyectos de innovación. Comenzó con iniciativas de menor complejidad y, conforme adquirió experiencia, asumió proyectos vinculados con marcas relevantes de la compañía, entre ellas Danonino, Oikos y Danone. Actualmente, coordina proyectos que requieren participación de distintas áreas de la organización.
Su recorrido ilustra una de las fortalezas de la Ingeniería Industrial: la posibilidad de comprender cómo funciona una empresa en su conjunto, identificar oportunidades de mejora y lograr que las distintas áreas trabajen hacia un mismo resultado.
Durante la charla, explicó que la innovación no consiste exclusivamente en desarrollar tecnologías revolucionarias. También implica crear productos que respondan a nuevas necesidades, mejorar los existentes, optimizar procesos y encontrar soluciones más eficientes para producir, transportar o conservar los alimentos.

Las empresas innovan porque las y los consumidores cambian, aparecen nuevas tendencias y la competencia obliga a buscar alternativas para mantener la relevancia en el mercado. También lo hacen para reducir costos, aprovechar nuevas tecnologías y mejorar sus operaciones.
Sin embargo, una idea atractiva no es suficiente para justificar una inversión. Antes de iniciar el desarrollo, es necesario construir un caso de negocio que responda preguntas fundamentales: ¿qué necesidad del consumidor se busca atender?, ¿existe un mercado para el producto?, ¿puede fabricarse con los recursos disponibles?, ¿qué inversión requiere y qué rentabilidad puede generar?

A ello se suman decisiones sobre el público al que estará dirigido, las presentaciones, los sabores, el tamaño del producto, los indicadores de éxito y las áreas responsables de hacerlo realidad.
En esta etapa, los conocimientos de Ingeniería Industrial permiten analizar información, evaluar escenarios y anticipar riesgos antes de comprometer recursos. La innovación, explicó Mánica Quintero, necesita creatividad, pero también estructura, medición y capacidad para ejecutar.
Uno de los ejemplos más ilustrativos de su presentación fue el desarrollo de un yogur con proteína de Oikos, proyecto que mostró la complejidad de transformar una oportunidad de mercado en un producto fabricado a escala industrial.

La propuesta respondía a una tendencia de consumo: el interés por alimentos con mayor contenido de proteína y otras características nutricionales. Identificar esa oportunidad era apenas el primer paso. La empresa tenía que comprobar que podía desarrollar una fórmula adecuada, producirla de forma consistente y colocarla en el mercado con operación rentable.
El proceso comenzó con el análisis de factibilidad. Los equipos evaluaron las posibilidades técnicas de la fórmula, la capacidad de las instalaciones, las necesidades de investigación y desarrollo, los costos y la disponibilidad de materias primas. También debían determinar si sería necesario modificar las líneas de producción y realizar inversiones adicionales en maquinaria o infraestructura.
La fórmula representaba un reto: los productos con proteína pueden tener una consistencia más espesa, lo que afecta su comportamiento durante la fabricación. Por ello, una propuesta que parecía viable en el papel requería comprobarse en distintas etapas antes de autorizar su producción a gran escala.
El equipo de desarrollo trabajó en laboratorios para ajustar ingredientes y alcanzar el perfil buscado. Después, realizó pruebas piloto que permitieron simular el proceso industrial en volúmenes pequeños y detectar aspectos que debían corregirse.
En ese recorrido, el desarrollo de una fórmula puede tomar entre seis y 12 meses, dependiendo de su complejidad. En el caso presentado por Mánica Quintero, el trabajo contempló distintas presentaciones y sabores, además de ajustes sucesivos para obtener las características deseadas.
Pero superar las pruebas de laboratorio no garantizaba el éxito. El siguiente desafío era comprobar que el producto funcionara en las líneas industriales sin perder sus propiedades de sabor y textura.
La egresada relató que fueron necesarias más de nueve pruebas industriales. Los resultados variaban entre ensayos y fue preciso realizar ajustes adicionales que no habían parecido indispensables durante las pruebas piloto. También se evaluaron inversiones para modificar las líneas de producción.
La experiencia mostró a los estudiantes que la Ingeniería Industrial exige perseverancia, análisis y capacidad para tomar decisiones frente a problemas reales. No se trata de evitar todos los obstáculos, sino de medir sus implicaciones, identificar alternativas y determinar qué ajustes permiten alcanzar los objetivos sin perder de vista la viabilidad del negocio.
Cuando un producto ha superado las validaciones técnicas e industriales, comienza otra etapa decisiva: coordinar a todas las áreas involucradas para preparar su lanzamiento.

Mánica Quintero explicó que esto puede implicar a más de 15 áreas de la compañía. Marketing debe definir cómo comunicar la propuesta; investigación y desarrollo trabaja en la fórmula y el empaque; operaciones adapta la fabricación; calidad verifica el cumplimiento de los requisitos; finanzas evalúa los resultados económicos, y los equipos de cadena de suministro y comercial deben asegurar que el producto pueda distribuirse y llegar a los puntos de venta.
También intervienen las áreas legal y regulatoria, que deben verificar el cumplimiento de las disposiciones aplicables a los alimentos.

El reto consiste en que cada equipo tiene responsabilidades, prioridades y objetivos específicos. El trabajo de gestión de proyectos es articular esas perspectivas, resolver diferencias entre las expectativas estratégicas y las posibilidades operativas, y garantizar que los compromisos se cumplan en tiempo y forma.
En su cargo, Mánica Quintero actúa como enlace entre las áreas para que todas avancen hacia un mismo objetivo. Esta labor requiere comprender las necesidades de cada equipo, identificar riesgos, dar seguimiento a los entregables y tomar decisiones con información suficiente.
Una vez que las áreas están alineadas, se puede programar la producción, construir inventarios, organizar la distribución y preparar la llegada del producto a los anaqueles. La innovación culmina cuando la propuesta deja de ser un proyecto interno y se convierte en una opción disponible para el consumidor.
Así, un producto nuevo demuestra que la operación de una empresa depende tanto del conocimiento técnico como de la coordinación de personas, recursos y procesos.
En entrevista con Prensa IBERO, Mánica Quintero destacó que los conocimientos adquiridos en la IBERO le resultaron útiles desde su primer día de trabajo y que continúa perfeccionándolos a lo largo de su trayectoria profesional.

Entre las herramientas que más utiliza mencionó el análisis de datos para tomar decisiones, la visión estratégica, la optimización de procesos y recursos, y la mejora continua. También subrayó la importancia de las habilidades interpersonales para conectar con personas de distintas áreas y facilitar la colaboración.
“En la gestión de proyectos, estas competencias se complementan. No basta con identificar una oportunidad o entender un proceso productivo. Es necesario organizar el trabajo, comunicar las prioridades y lograr que equipos con conocimientos distintos puedan avanzar de manera coordinada”, indicó.
La carrera, explicó, proporciona bases para comprender áreas como calidad, inventarios, cadena de suministro y finanzas. Ese conocimiento transversal permite entender cómo se relacionan las diferentes funciones de una organización y facilita la participación en proyectos que atraviesan varios departamentos.
Además, el entorno industrial cambia constantemente. Por ello, la formación profesional requiere actualización, aprendizaje continuo y disposición para perfeccionar las habilidades adquiridas en la universidad.
Al dirigirse a las y los estudiantes, la egresada les recomendó confiar en sus capacidades y no limitar sus aspiraciones a una sola industria. Las bases adquiridas durante la carrera, señaló, permiten desempeñarse en distintos roles y seguir desarrollándose en el ámbito profesional.
Su experiencia muestra que Ingeniería Industrial de la IBERO no limita el desarrollo profesional a una fábrica o a una línea de producción. Sus herramientas pueden aplicarse en innovación, administración de proyectos, estrategia, operaciones y otros ámbitos donde sea necesario mejorar procesos y generar valor.
La trayectoria de Mánica Quintero forma parte de una diversidad de perfiles que permiten dimensionar las posibilidades de la carrera de Ingeniería Industrial de la IBERO. Entre sus egresados destacan:
Oswaldo “Oso” Trava, emprendedor, inversionista, conferencista y podcaster
Graciano Guichard González, presidente de la cadena de tiendas departamentales Liverpool
Luis Felipe Cervantes Legorreta, managing director y head of Mexico Office en General Atlantic, además de Young Global Leader del World Economic Forum
Rosalina Tornel, chief growth officer en Grupo Lala
José Luis Berrondo Ávalos, presidente del Consejo y director general de Mabe
Sus trayectorias muestran la amplitud de campos en los que puede desarrollarse esta formación: emprendimiento, inversión, comercio, crecimiento empresarial y dirección de compañías.
En conjunto, son ejemplos del potencial de Ingeniería Industrial IBERO para preparar profesionales capaces de comprender organizaciones complejas, identificar oportunidades y transformar ideas en resultados.
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