PRENSA IBERO
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21 DE ABRIL DE 2026
Por: Luis Reyes
AUTOR
Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

Luego del ataque ocurrido el lunes 20 de abril en la zona arqueológica de Teotihuacán, la Fiscalía General de Justicia del Estado de México informó que, a partir de la evidencia recolectada, Julio César Jasso Ramírez presentaba un perfil psicopático con una tendencia a copiar situaciones ocurridas en otros contextos, momentos y personajes violentos, fenómeno conocido como copycat o crimen de imitación.
Para entender por qué se forman comunidades juveniles que romantizan la violencia, el Dr. Hugo Alberto Yam Chale, Académico de Tiempo Completo del Departamento de Psicología de la Universidad Iberoamericana (IBERO), explicó que el problema no radica únicamente en consumir contenido sobre crímenes, sino en cuando ese interés evoluciona hacia la glorificación de la agresión.
Desde la psicología social, señaló, comunidades digitales como la llamada True Crime Community surgieron cuando convergen distintas necesidades humanas: curiosidad por lo prohibido, búsqueda de pertenencia, necesidad de identidad y deseo de reconocimiento, donde Internet facilita que personas con intereses extremos, que antes permanecían aisladas, se encuentren, se validen mutuamente y formen una cultura propia.
“El problema no es el interés por estas temáticas, sino cuando ese interés empieza a transformarse en formas de romantización de la violencia”, explicó.
En esos espacios, los ataques dejan de verse como tragedias humanas y comienzan a interpretarse como símbolos de poder, notoriedad o incluso rebeldía.
El especialista enfatizó que es importante distinguir cuando las personas se acercan a estos temas por curiosidad humana o por intentar comprender la mente criminal, pero en ciertos casos ese interés puede desplazarse hacia la admiración del agresor.
La llamada teoría de la identidad social ayuda a explicar este fenómeno. Las personas construyen parte de su autoconcepto a partir de los grupos a los que pertenecen. Por eso aparecen códigos internos como frases, memes, ropa específica, referencias a casos famosos, lenguaje propio e imágenes compartidas que fortalecen la cohesión del grupo.
Abundó que esta dinámica cobra especial relevancia durante la adolescencia, una etapa marcada por la búsqueda de identidad. Cuando la pertenencia se construye alrededor de figuras violentas o símbolos destructivos, el riesgo aumenta.
"No siempre la violencia está en el centro; muchas veces se trata de buscar un lugar donde sentirse visto, reconocido y comprendido. El problema surge cuando esa necesidad de pertenencia gira en torno a agresores convertidos en referentes aspiracionales", dijo.
En muchos casos, dijo, los jóvenes no admiran el crimen en sí, sino lo que representa: dejar de ser invisibles, romper con el rechazo social o alcanzar notoriedad. El agresor deja de verse únicamente como criminal y comienza a percibirse como alguien que logró ser visto.
Detalló que intervienen diversos procesos psicológicos como la identificación, la distorsión moral y la minimización del daño hacia las víctimas. Incluso puede construirse una narrativa donde el agresor aparece como víctima convertida en vengador.
Precisó que las redes sociales amplifican contenidos impactantes mediante algoritmos que privilegian lo viral, lo escandaloso y lo emocionalmente intenso, lo que puede favorecer una desensibilización emocional: la violencia impacta menos, se percibe como algo común y, en algunos casos, incluso se estetiza.
Además, apuntó que muchas veces desaparece el sufrimiento real de las víctimas y permanece únicamente la imagen editada del agresor, convertido en personaje central de la narrativa digital.
Sin embargo, el académico subrayó que consumir este tipo de contenido no lleva automáticamente a cometer actos violentos, ya que para que ocurra un crimen de imitación interviene una combinación compleja de factores psicológicos, sociales, familiares e incluso neuroquímicos.
Por ello, advirtió que reducir estos casos exclusivamente a un problema de salud mental sería un error. La mayoría de los episodios de violencia responden a múltiples variables que interactúan entre sí.
Acotó que la necesidad de reconocimiento y aceptación también juega un papel central, y cuando un adolescente vive aislamiento, bullying, rechazo social o conflicto familiar, cualquier grupo que le haga sentirse validado puede volverse profundamente atractivo, incluso si gira alrededor de la violencia.
“Buscar reconocimiento en estas comunidades no necesariamente habla de maldad, sino muchas veces de carencias emocionales y de entornos poco favorables”, señaló.
La prevención, mencionó, debe comenzar en espacios cotidianos: familia, escuela, comunidad y deporte. Entornos libres de violencia, crianza positiva, espacios de escucha y campañas de atención a la salud mental pueden convertirse en factores protectores.
También, agregó, es fundamental fortalecer la detección temprana y la intervención profesional. No basta con identificar señales de riesgo; se requieren instituciones capaces de atenderlas adecuadamente.
“Cuando ocurre uno de estos casos, sería un error verlo solo como la historia de una persona violenta. Esa persona también está atravesada por múltiples factores sociales y emocionales que se fueron combinando hasta desembocar en ese acto”, concluyó.
Por: Luis Reyes
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