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• Incluir inulina, probióticos o proteínas en una etiqueta no garantiza que un producto tenga los efectos saludables que anuncia: Los beneficios dependen de la dosis, la formulación, la frecuencia de consumo y el conjunto de la alimentación
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Los anaqueles y las redes sociales están llenos de alimentos que prometen mejorar la digestión, fortalecer el sistema inmunológico, cuidar la microbiota e incluso favorecer el descanso o reducir el estrés. Sin embargo, añadir fibra prebiótica, probióticos o proteínas a un producto no garantiza por sí mismo que este cumpla los beneficios anunciados. Así lo explica el Dr. Orlando Daniel de la Rosa Flores, académico de Ingeniería en Biotecnología de la Universidad Iberoamericana, en el artículo “Alimentos funcionales: entre la promesa de la salud y el reto de la sostenibilidad”, publicado en el número más reciente de
El especialista reconoce que el auge de los llamados alimentos funcionales refleja un cambio positivo: cada vez más personas desean conocer lo que consumen, cuidar su salud y encontrar opciones que contribuyan a un envejecimiento más saludable. No obstante, advierte que estas expectativas deben contrastarse con evidencia científica.
Un alimento funcional es aquel que, además de cubrir necesidades nutricionales básicas, puede aportar beneficios adicionales a la salud. En esta categoría suelen incluirse productos con antioxidantes, fibras prebióticas, microorganismos probióticos o componentes relacionados con la digestión, el metabolismo y el sistema inmunológico.
Pero la presencia de uno de estos ingredientes en la etiqueta no basta para asegurar un efecto. De la Rosa Flores pone como ejemplo la inulina de agave: aunque puede funcionar como fibra prebiótica, sus resultados dependen de la cantidad incluida, la composición completa del alimento, la frecuencia con la que se consume y el contexto general de la dieta.
La fibra ha adquirido un papel cada vez más importante en la industria alimentaria debido a su relación con la salud gastrointestinal, la saciedad, el metabolismo y la microbiota. Algunas fibras prebióticas, como la inulina y los fructooligosacáridos, resisten parcialmente la digestión y llegan al colon, donde son fermentadas por determinados grupos de bacterias.
Este proceso genera sustancias conocidas como ácidos grasos de cadena corta, vinculadas con el funcionamiento intestinal, el metabolismo, la regulación del sistema inmunológico y el mantenimiento de la barrera intestinal.
Sin embargo, consumir ocasionalmente un producto enriquecido con fibra no garantiza dichos beneficios. Los posibles efectos de prebióticos y probióticos requieren constancia y dependen de una dieta diversa, así como de la composición de la microbiota de cada persona.
Por ello, el académico propone dejar atrás la búsqueda de un ingrediente milagroso y entender la alimentación como un ecosistema. Diferentes fibras, antioxidantes, polifenoles y otros compuestos bioactivos pueden actuar de manera complementaria para favorecer una microbiota diversa y funcional.
Otro de los campos que ha despertado interés comercial y científico es el eje intestino-cerebro, una red de comunicación en la que intervienen el sistema nervioso, el sistema inmunológico, las señales hormonales y las sustancias producidas por los microorganismos intestinales.
Esta conexión permite estudiar de qué manera la alimentación y la microbiota se relacionan con el bienestar general. No significa, sin embargo, que todo lo que sucede en la mente dependa del intestino ni que un producto funcional pueda resolver por sí solo el estrés, la ansiedad o los cambios en el estado de ánimo.
Los alimentos funcionales deben entenderse como posibles herramientas dentro de un estilo de vida más amplio, en el que también intervienen la alimentación completa, el sueño, la hidratación y la actividad física. Presentarlos como soluciones aisladas puede generar expectativas que sus ingredientes no están en condiciones de cumplir.
De la Rosa Flores plantea que un alimento funcional no sólo debe evaluarse por los beneficios que promete, sino también por su forma de producción, los recursos que utiliza, su impacto ambiental y la posibilidad de que las personas puedan adquirirlo.
La sostenibilidad alimentaria comprende al menos tres dimensiones: la salud y el bienestar de la población, la viabilidad económica de producir y acceder a alimentos de calidad y las consecuencias ambientales de llevarlos hasta la mesa.
El desafío resulta especialmente relevante ante la pérdida y el desperdicio de comida. El artículo recupera datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura que indican que 13.2% de los alimentos se pierde después de la cosecha y antes de llegar al comercio minorista, mientras otro 19% se desperdicia en hogares, servicios de alimentos y puntos de venta.
Además, la pérdida y el desperdicio alimentarios están relacionados con entre 8 y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Frente a este panorama, la biotecnología ofrece la posibilidad de aprovechar cáscaras, bagazos, pulpas, semillas y melazas que suelen considerarse residuos. Mediante procesos de transformación, estos subproductos agroindustriales pueden convertirse en materias primas para desarrollar ingredientes con potencial prebiótico, antioxidante o funcional.
Esta alternativa permitiría reducir desperdicios, aprovechar recursos ya existentes y disminuir la dependencia de materias primas costosas o sujetas a cadenas de suministro inestables. También podría contribuir a que los productos funcionales sean más sostenibles y accesibles.
El artículo concluye que el futuro de estos alimentos no puede limitarse a sumar ingredientes atractivos a una etiqueta. El reto consiste en desarrollar productos con beneficios respaldados científicamente, formulaciones adecuadas y procesos responsables. Desde la Ingeniería en Biotecnología de la IBERO, esta perspectiva abre oportunidades para formar profesionales y promover proyectos que conecten la ciencia, la sostenibilidad y el impacto social.
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